CELINA

«Aquí estoy Señor, llamaste a mi puerta y no te hice esperar.
¿Qué quieres, Señor de mí? ¿Qué quieres que haga?
¿Qué  me pides… ?»

Poco más o menos, fue lo que yo dije al Señor un día 15 de abril del año 1951. Fecha de mi entrada en el Monasterio de Santa Ana. Es muy fácil escribirlo… es muy fácil leerlo… pero no tan fácil practicarlo.
A los 22 años de edad, cuando la vida más me sonreía, cuando las ilusiones más florecían en mi  mente, ¿y por qué no decirlo…? cuando más  “tonterías” tenía en mi cabeza, que casi, casi me parecía que el mundo lo tenía metido en mi bolsillo, pues es cuando entonces se le “ocurre” al Señor fijarse en mí.
¿Qué vistes, Jesús, en mí…? Tú, desde toda la Eternidad pensando en mí. Antes que mis padres me diesen la vida, ya me llamabas a tu servicio. Tú Jesús, acordándote de mí y yo… pensando en las musarañas. Se pueden  contar con los dedos de las manos y si acaso, si acaso, añadiré los de los pies, ¿cuántas veces he asistido al precepto dominical…?  Sí recuerdo que lo único que no me perdía era el recorrer los Sagrarios el Jueves y Viernes Santos, ¿por qué…? La razón está en que al recorrer los Sagrarios, recorría al mismo tiempo las distancias que les separaban unos de otros y durante ellos, yo me lucía de lo lindo con mi mantilla española y mientras tanto piropos van, piropos vienen ¡esto era lo que a mí me gustaba, lo que a mí me enorgullecía como mujer… ¡Cuántas tonterías, vuelvo a repetir, llenaban mi cabeza de pájaros…!
Mientras que tú me rondabas, yo me alejaba de ti porque apenas si te conocía y lo único que me interesaba era presumir, divertirme y a la vez, eso sí que era cierto, lo confieso, no faltar jamás a mis clases de pintura y arte. Yo estaba orgullosa por pertenecer como alumna de la “Escuela de Artes y Oficios”. Mis Profesores, me decían, que era alumna aventajada y enamorada del  arte.
Por primera vez, en el año 1949, visitó Badajoz, la Imagen de Nuestra Señora de Fátima. Esto no es para contarlo, esto es para haberlo vivido. Sí, digo, que a pesar de los pesares, mi amor por la Santísima Virgen, desde pequeñita me lo metieron muy en el alma. No pasaba ni un solo día que antes de entrar en el trabajo, como al salir del mismo, no pasara a saludar a Nuestra Santísima Virgen de la Soledad.
Cuando la Santísima Virgen de Fátima pisaba tierra española, fue grandioso aquel momento en que soltaron tantísimas palomas blancas y tres se posaron a sus pies y en ellos permanecieron hasta que volvió a Portugal.  Si digo, que fue un gran encontronazo cuando la miré a sus ojos y Ella vieron los míos, parecía que me decía lo que Ella dijo a los criados en las bodas de Caná: “Haz lo que Él te diga”. Mi vida cambió totalmente.
Me hice “Esclava de María”, que me ayudó muchísimo en mi discernimiento.  Me apunté a “La Acción Católica de Jóvenes” y por lo tanto tenía que frecuentar mi Parroquia de Santa María la Real (San Agustín). En fin, que todo esto me servía para acercarme más a Jesús. En resumidas cuentas, entre unas cosas y otras, se iba acercando el día previsto para mi entrada en el Monasterio: 15 de abril del año 1951.  Cuando salí de mi casa, (mis hermanos me esperaban en la calle),  cuando abracé a mi madre,  mi cabeza me daba vueltas y más vueltas. Mi madre se arrodilló antes de que yo pasara y se me puso en cruz, con las manos agarradas cada una a los quicios de la puerta y me dijo: “hija, si tienes valor, quita las manos de tu madre y pasa”. Aquello fue tremendo para mí, las fuerzas me faltaban y temblando quité las manos de mi madre, la volví a abrazar y le dije “mamá, te quiero con toda mi alma, pero Jesús me llama”.
Cuando abrieron la puerta Reglar, la Comunidad me esperaba para la acogida en la Fraternidad. Me faltaba otro segundo paso y a la vez doloroso. El abrazo a mis hermanos, entre ellos los dos más pequeños que a la vez se me abrazaron a mi cuello. Yo no sé cómo tuve fuerza para todo, claro que esta fuerza me venía de lo Alto. He de decir también otra despedida que hice en silencio en mi habitación. En ella dejaba cosas que tenía muy arraigadas en mi alma: mis paletas de pintar y mis pinceles con los tubos de óleo. ¡Cuánto me costó esto también! Para mí, todo lo enterraba, todo lo dejaba atrás. ¿De qué me ha servido…?  Pues precisamente, la vida Religiosa me ha proporcionado ampliar mis estudios pictóricos.
¿Qué diría yo de todo esto…?  Valiéndome de las palabras de Nuestra Madre Santa Clara de Asís diré: ¡¡Gracias, Señor, porque me creaste, porque me creaste, gracias, Señor!! Después de más de 65 años de pertenencia a la gran familia clariana-franciscana, SOY LA PERSONA MAS FELIZ QUE EXISTE EN LA TIERRA, igual las habrá, más solamente existe la felicidad que reina en el Cielo.